#355 El Dolor de los Animales Re-visitado
March 03, 2014Dr. Craig comenta: Personalmente he encontrado la obra de Michael Murray sobre el problema de dolor de los animales—o talvez, mejor dicho, el sufrimiento de los animales—como tanto reflexivo y provocador. Después de haber citado su trabajo en debates, varias personas respondieron a sus argumentos, provocando a que algunos lectores de Reasonable Faith (Fe Razonable) enviaran preguntas acerca del mismo. Aquí Dr. Murray, por invitación mía, responde a esas críticas. Lo que encuentro interesante de su respuesta aquí debajo es que él se refiere sólo oblicuamente a lo que yo considero ser es uno de sus puntos más fuertes: que los animales no humanos no tienen una perspectiva de primera persona de sus experiencias, incluyendo las experiencias de dolor, es decir, ellos no pueden colindar con sus experiencias el prefijo "pienso/ siento que [. . .]" de modo que los animales, incluso si están en dolor, no están conscientes de que ellos mismos están en el dolor. Con una total independencia de este punto, el Dr. Murray muestra que sus críticos no han mostrado que el sufrimiento de los animales de un tipo moralmente significativo existe.—William Lane Craig
Respuesta de Dr. Craig
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Michael Murray responde: A lo largo de mi carrera filosófica, he buscado responder lo que considero ser algunos de los retos intelectuales más difíciles para la fe cristiana: el ocultamiento de Dios, las explicaciones naturalistas para el origen de la creencia religiosa, la realidad del infierno, etc. En un libro publicado por Oxford Press titulado “Nature Red in Tooth and Claw” [Naturaleza Roja en Diente y Garra], yo abordé otro de estos retos: el problema del mal de la manera que se manifiesta a través del dolor, sufrimiento y la muerte de los animales que no son humanos (de aquí en adelante nos referiremos a ellos simplemente como “animales”), en especial de la manera que se entienden dentro de la teoría de la evolución actual. Desde el tiempo de Darwin, los críticos del cristianismo argumentaban que la extensión, duración, intensidad y cantidad de la maldad que implicaba el Darwinismo proporcionaba una evidencia poderosa contra la existencia de Dios. El libro tiene la intención de evaluar de si o no estos fenómenos en realidad proporcionan tal evidencia.
El libro analiza una variedad de maneras diferentes que los cristianos pudieran responder al problema del sufrimiento de los animales y las evalúa una por una. El objetivo no era de proveer una sola “respuesta” al problema del “sufrimiento de los animales” sino de mirar a una variedad de respuestas y evaluar sus puntos fuertes y sus puntos débiles.
Estoy contento de decir que el libro ha recibido mucha atención. Al igual que cualquier otro libro de filosofía, el libro contiene argumentos que son controversiales y provocadores. Sin embargo, mucha atención se ha centralizado en una pequeña parte de un argumento que discuto en el capítulo 2—un argumento que voy a visitar otra vez aquí.
El argumento ha sido criticado por algunos filósofos profesionales en publicaciones. Sin embargo, eso se ha convertido en algo notable después de haber sido mencionado por William Craig en algunos de sus debates públicos. Los críticos del uso que hace Craig del argumento han afirmado que el argumento está desinformado científicamente y algunos han ido tan lejos hasta de pedirle a William Craig que pida una disculpa por haber usado el argumento (¡!). Ahora el argumento se ha convertido en el sujeto de, por lo menos, dos “exposiciones” de Youtube que han sido vinculadas y re-publicadas por docenas de páginas web.
¿Qué fue lo que causó todo el escándalo? Antes que lleguemos a eso, permítanme decir algunas palabras para ubicar el argumento en general. El objetivo del libro es de socavar un argumento de que la realidad del sufrimiento de los animales es una buena razón para rechazar la existencia de Dios. Al igual que la mayoría de los “argumentos que se hacen tomados desde la maldad” la afirmación es que algún mal existe y que no existe ninguna razón que sea moralmente suficiente para que Dios permita que exista ese mal. Si hubiera un Dios, por lo tanto ese mal no existiría. Pero sí existe. Por lo tanto, Dios no existe.
Para resistir ese argumento uno necesita mostrar que: (i) el mal, de hecho, no existe (o que no estamos en una buena posición para afirmar que sí existe) o (ii) que hay una razón moralmente suficiente para que Dios permita el mal (o que no estamos en una buena posición para decir si o no existe una razón moralmente suficiente para que Dios permita el mal). En el libro trato de resistir el argumento por todos estos medios.
Sin embargo, en el capítulo 2, específicamente le echo un vistazo a los argumentos a lo largo de las líneas de (i). Es decir que miro los argumentos que sostienen que el dolor y el sufrimiento de los animales no son reales o que no nos encontramos en una buena posición para saber si o no ellos son reales.
No hay necesidad de decir que este argumento no es popular. Cualquier persona que haya visto películas sobre la naturaleza o que haya visitado una granja o un zoológico, o que tenga una mascota, piensa que es algo claro y obvio que los animales sienten dolor y experimentar sufrimiento. ¿Qué persona sensible iría a negar eso? ¡Bueno, quizás ninguna! Sin embargo, los filósofos siempre están dispuestos a explorar las posiciones contra-intuitivas para ver si o no ellas tienen algún mérito. Y eso es precisamente lo que hago en ese capítulo.
Los argumentos del capítulo son complicados y no puedo reiterarlos con detalles aquí. Pero en resumen, considero la siguiente pregunta: ¿cuán confiados estamos en decir que los animales experimentan la clase de dolor y sufrimiento que cuenta como maldad? Eso pudiera sonar como una manera extraña de ponerla, ya que uno podría pensar que todas las formas de dolor y sufrimiento son malas. Y es exactamente ahí donde se complican las cosas.
Los organismos encuentran toda clase de peligros en su medio ambiente. Algunos de estos son estímulos que de alguna manera amenazan directamente la integridad biológica y el bienestar del organismo. Los teóricos del dolor le llaman a esto “estímulos nocivos”. Los animales de todo tipo reaccionan a los estímulos nocivos y lo hacen de una variedad de maneras. En la mayoría de los casos, la reacción involucra algún tipo de comportamiento de prevención que pretende alejar al organismo del peligro y de volver a la seguridad.
A veces esos estímulos nocivos implican dolor y a veces no. Cuando yo quito mi mano de la estufa caliente, hay dolor. Cuando el caracol se entra a su caparazón al sentir un toque (discutiblemente), éste no siente dolor (el caracol simplemente carece de la complejidad neuronal necesaria). Así que la pregunta es: ¿cuándo los estímulos nocivos y los comportamientos aversivos implican un sentimiento de dolor y cuando no? Eso resulta ser una pregunta muy difícil. La razón por la que es difícil es que responder esa pregunta requiere que sepamos, no de si los animales pueden reaccionar a los estímulos nocivos (por supuesto que ellos sí reaccionan), sino de si ellos “sienten el dolor” que es (a veces) causado por los estímulos nocivos.
Darle respuesta a esa pregunta requiere que tengamos alguna teoría acerca de lo que significa tener la capacidad de “sentir dolor” o más en general de “sentir”. Resulta que esta es una de las preguntas más difíciles que hay en la filosofía de la mente y, de hecho, en toda la filosofía contemporánea. “Sentir” de esta clase se conoce como la “conciencia fenoménica”.
En el capítulo 2 de mi libro, le echo un vistazo a una variedad de maneras de pensar acerca de la conciencia fenoménica y sus implicaciones para el problema del sufrimiento de los animales. Una teoría que considero con algún detalle se conoce como la teoría del “Pensamiento de Orden Superior” (POS) de la conciencia. En esta teoría, podemos distinguir entre los estados mentales de “primer orden” y los estados mentales de “orden superior” y son los estados de orden superior que se requieren para “sentir” o para la “conciencia fenoménica”. Hay evidencia real para estos diferentes ordenes de los estados mentales en fenómenos como visión ciega, donde los pacientes con cierto daño cerebral reportan que son ciegos y aún así pueden navegar [a través de] obstáculos en sus caminos al utilizar sus ojos. ¿Cómo podemos explicar ese tipo de cosas? La respuesta es: los pacientes de visión ciega tienen acceso a la existencia de obstáculos a través de los medios visuales, pero ellos no están conscientes de que tienen ese acceso. Por lo tanto, están conscientes de los objetos en un sentido (a veces se le llama la “conciencia de acceso”) pero no en otro sentido, (“conciencia fenoménica”). Y las teorías POS proporcionan una explicación plausible de cómo esto pudiera ser así.
Por lo tanto, cuando vemos a los animales reaccionando en dolor, es una pregunta justa de hacer: ¿tienen ellos una conciencia fenoménica del dolor, o sólo una conciencia de acceso de los estímulos nocivos? Si las teorías POS están correctas, ellos sólo pueden tener conciencia fenoménica si ellos tienen este pensamiento de orden superior o conciencia de estados mentales de primer orden que son causados por los estímulos nocivos. ¿Tienen ellos ese tipo de pensamientos de orden superior? Pues bien, eso es controversial. Simplemente es difícil saber si los animales tienen pensamientos de orden superior y es difícil de averiguar qué tipo de evidencia de comportamiento y neuronales pudiera confirmar eso. De manera que no estamos seguros si los animales tienen conciencia fenoménica del dolor y ese es el tipo que importa en lo que tiene que ver con el dolor que cuenta como malo o como maldad, entonces no estamos seguros si hay un “problema del sufrimiento de los animales”. Llamemos a esto la “respuesta # 1” para el problema del sufrimiento de los animales.
Los argumentos de este tipo general realmente no son controversiales desde el punto de vista de la filosofía contemporánea de la mente, a pesar del hecho de que la mayoría de nosotros estamos intuitivamente convencidos de que los animales sienten dolor. Pero es interesante que el argumento que se presenta anteriormente aquí no es el que ha causado todo el escándalo en YouTube y en el Internet. Para ver el eje o el centro de esa controversia, necesitamos ver el próximo argumento.
Luego en el mismo capítulo, considero otra posibilidad extraña referente a la cognición de los animales que se presenta de la siguiente manera. Vamos a imaginarnos que los animales tienen estados mentales de primer orden y tienen pensamientos de orden superior referente a esos estados, y por eso experimentan el dolor de forma fenoménicamente consciente. ¿Muestra eso que los animales sufren? ¡No exactamente! La razón para eso es la siguiente. Cuando tenemos estados que son fenoménicamente conscientes, esos estados se pueden sentir bien (como saborear chocolate), o se pueden sentir mal (como oler azufre), o ni bien ni mal (como ver el color rojo). ¿Es posible que los animales tengan una conciencia del dolor que sea fenoménica, pero que esa conciencia no se sienta mal? ¡Bueno, eso parecería algo ridículo! ¿Cómo podrían los animales sentir dolor y que ese dolor no les haga sentir mal?
Sin embargo, tan extraño como eso pudiera ser, sabemos que en algunos casos la conciencia fenoménica del dolor, de hecho, no se siente mal. Durante las décadas del 1940 y 1950, el procedimiento quirúrgico de lo que ahora llamamos “lobotomía frontal” era comúnmente temible. Durante el mismo crudo procedimiento, cuando los cirujanos removían partes de la corteza prefrontal de los pacientes, encontraban algunos resultados sorprendentes. En algunos casos, el procedimiento se hacía para resolver algún dolor crónico. Aunque no siempre funcionaba, había algunos casos donde sucedía algo extraño: los pacientes reportaban que aún sentían dolor pero que ya “no le molestaba”.
Debido a casos como este, yo hago la siguiente pregunta: ¿Qué si la conciencia de dolor de los animales fuese como esa? Es decir, ¿Qué si, en lo que trata con el dolor de los animales, los estados mentales correspondientes no tienen una valencia negativa para ello? Es decir, ¿Qué si ellos experimentan dolor de la manera que esos pacientes de la lobotomía lo hicieron? ¿Habría un “problema del dolor de los animales?” Yo argumentaría que la respuesta a esa pregunta es “no”. Si eso fuese a suceder, los animales “sentirían dolor” pero no sufrirían del mismo. Llamemos a esta la “respuesta # 2” para el problema del sufrimiento de los animales.
¿Sabemos que cualquiera de las posibilidades que describa (que el dolor de los animales es como el fenómeno “visión ciega”—que se experimenta pero que no se siente (respuesta # 1)—o que es como “el dolor de lobotomía”—que se siente pero que no es indeseado (respuesta # 2)) es verdadera en el caso de los animales? Absolutamente no. Pero ¿sabemos que ellas no son el caso? Argumento que no. Es decir, por todo lo que sabemos, el dolor de los animales funciona de la manera que se describe en una de esas opciones. Los datos científicos no resuelven la pregunta filosófica. Y por lo tanto, no sabemos si tenemos un problema del dolor de los animales.
¿Están las personas en desacuerdo con esto? Sí. Sin embargo, pienso que la mayoría de los científicos que piensan acerca de estas preguntas no tienen la gama amplia de las distinciones que tienen los filósofos de la mente cuando están razonando acerca de estos asuntos. De manera que pienso que los científicos que no están de acuerdo no aprecian por completo las sutilezas filosóficas relevantes. (Sin embargo, algunas colaboraciones neurocientíficas/filosóficas han estado mirando exactamente a esos asuntos, de hecho sugiriendo que la corteza prefontal juega precisamente la clase de papel que yo sugiero en cuanto a la conciencia fenoménica—ya sea del dolor o de otros estados sensoriales. Por ejemplo, véase el artículo de Lau y Rosenthal, “Empirical Support for higher-order theories of conscious awareness” [Apoyo Empírico para las teorías de orden superior de la conciencia] Trends in Cognitive Science, Agosto 2011, vol. 15, no 8).
Pero lo que causó toda esta controversia en el Internet fue lo siguiente. Cuando discutía la “respuesta # 2”, observé que cuando la corteza pre-frontal (CPF) fue interrumpida, también fueron interrumpidos todos los sentimientos que acompañan el tener dolor. Como esta parte del cerebro de los mamíferos fue la última en evolucionar, quizás la mayoría de los animales no experimentan el dolor en un sentido negativo (porque carecen de una CPF).
Este se convierte en el punto de controversia. Los canales de YouTube como “skydivephil” llevaron sus cámaras de video alrededor para entrevistar a un grupo de científicos y les preguntaron de si o no los animales sienten dolor (un ejercicio que probablemente no plantea las sutilezas filosóficas de los argumentos que yo planteo) y tienen corteza pre-frontales. Todas las personas entrevistadas indicaron que otros animales tienen cortezas pre-frontales y por lo tanto, mis argumentos fracasan.
Pues bien, hay tres cosas que se pueden decir acerca de esto. En primer lugar, inclusive si eso estuviera correcto, mi argumento no falla. Lo que yo afirmo es que, por todo lo que sabemos, el dolor de los animales sucede sin ningún “sentimiento negativo”. Inclusive si la ausencia de la corteza pre-frontal en los humanos se correlaciona con el dolor sin un sentimiento negativo, eso no quiere decir que los organismos que tienen cortezas pre-frontales experimentan un dolor de sentimiento negativo. ¿Por qué? Porque no estamos seguros de si la cognición animal es favorecida por las mismas estructuras que en los seres humanos. Como consecuencia, aun si ellos tiene cortezas pre-frontales, eso no garantiza que tienen un dolor que se siente negativo.
En segundo lugar, no es obviamente correcto que los animales aparte de los humanos y de los primates superiores tengan cortezas pre-frontales. Como inclusive las personas del canal “skydivephil” observan, ha habido diferentes maneras de demarcar la corteza pre-frontal a través del tiempo. Para aquellas personas que no están familiarizadas con la neuroanatomía, vale la pena señalar que identificar regiones del cerebro no es como abrir el abdomen y distinguir el estomago del riñón y del hígado. Las regiones del cerebro son continuas la una de la otra, y hay diferentes criterios que se pueden utilizar para discriminar entre las regiones. Al principio del siglo XX, la corteza pre-frontal se desmarcaba por ubicación y por el tipo de célula. Los humanos y los primates superiores tienen un tipo específico de célula (conocida como “granular”) que compone una capa cortical específica y el CPF se identificaba por esta capa. Algunos anatomistas luego rechazaron este criterio para demarcar la CPF, en parte porque ésta lo hacía difícil para encontrar un CPF en los no primates superiores. Por lo tanto, los anatomistas luego definieron la corteza pre-frontal en función a la zona de proyección de otra parte del cerebro conocida como el tálamo. Algunos no primates sí tienen esas zonas de proyección.
¿Es la opinión científica ahora unánime sobre como pensar acerca del CPF? No, no lo es. De hecho, algunos críticos recientes argumentan directamente en contra de los criterios funcionales que insinúan que los no primates tienen un CPF. (Véase H. J. Markowitsch y M. Pritzel, "The prefrontal cortex: Projection area of the thalamic mediodorsal nucleus?" [¿La Corteza Pre-frontal: El área de proyección del núcleo mediodorsal del tálamo?], Physiological Psychology 7 (1) (1979): 1–6; y
T. M. Preuss, “¿Tienen las ratas una corteza pre-frontal? El programa Rose-Woolsey-Akert reconsiderado”, Journal of Cognitive Neuroscience 7 (1) (1995): 1–24). De manera que el jurado no está completamente en esta pregunta.
En cualquier caso, podemos hacer la siguiente pregunta: ¿Cuál estructura del cerebro es importante aquí para el dolor que se siente negativo? ¿Una capa cortical granular IV o una zona de proyección del tálamo? No sabemos. Pero sabemos que cuando “esa área” en los humanos se interrumpe, entonces el dolor que se siente negativo a veces desaparece. De manera que si los animales carecen de lo que tenemos en esa parte del cerebro, entonces quizás ellos también carecen de ese tipo de dolor. Esa conclusión permanece intacta.
Por último, inclusive si los no primates tienen CPF, la CPF de los humanos es completamente diferente al de todos los otros tipos de organismos. De hecho, una encuesta reciente de la neuroanatomía de los primates describe la CPF como “absolutamente, obviamente, y tremendamente” diferente (Rilling, Trends in Cognitive Science, vol. 18, no.1 (Enero, 2014)). Si esas diferencias (las cuales son destruidas en una lobotomía) son lo que hace posible el dolor que se siente negativo, entonces talvez los animales no tienen ese dolor.
Permítanme recordarles a todos que esta controversia tiene que ver sólo con una pequeña afirmación referente solamente a uno de los argumentos de este capítulo. Inclusive si arrojamos toda la “respuesta # 2”, hay otros argumentos que se podrían utilizar para socavar el argumento que procede del sufrimiento de los animales al mostrar que los animales no experimentan sufrimiento que sea fenoménicamente consciente y moralmente relevante. Pero tomando en cuenta las críticas que han levantado los objetores en el Internet, todavía no tengo razón para abandonar la “respuesta # 2”.
- William Lane Craig