#748 La Conexión entre la Muerte Expiatoria de Cristo y la Resurrección
February 02, 2023Hola Dr. Craig,
Soy cristiano desde hace 5 meses y su trabajo ha impulsado mi fe muchísimo, ¡muchas gracias! Estoy convencido de que Cristo resucitó de entre los muertos, pero tengo una pregunta sobre el significado de la resurrección de Cristo: ¿su resurrección hizo algo más que probar que su muerte fue suficiente por nuestros pecados y que realmente era Dios en carne? Si no hubiera resucitado, ¿seguiríamos siendo perdonados? Obviamente, Él no estaría vivo hoy para interceder por nosotros y ayudarnos si no hubiera resucitado, pero ¿hay algo más que no esté tomando en cuenta? No entiendo por qué Pablo dice que resucitó para nuestra justificación en Romanos 4:25, ¿podría explicármelo?
Clay
Estados Unidos
Respuesta de Dr. Craig
R
Enhorabuena por tu nueva vida con Cristo, Clay. Hace poco escribí un artículo sobre el tema de tu pregunta para el Festschrift [Homenaje] a Gary Habermas [1]. En él explico que una crítica común a las teorías de la expiación sustitutiva es que, debido a su enfoque miope en la muerte de Jesús como medio de expiación, su resurrección parece un añadido superfluo. ¿Qué significa, por ejemplo, que «fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación» (Romanos 4:25)? ¿Cómo contribuye su resurrección a nuestra justificación? Si Cristo no hubiera resucitado, ¿aun así habría «llevado nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 Pedro 2:24) expiando así nuestra culpa?
Creo que tienes razón en que la resurrección de Jesús cumple una función probatoria que reivindica la eficacia de su muerte expiatoria. Es difícil exagerar lo contracultural de la imagen del Mesías que presentó Jesús de Nazaret. La expectativa mesiánica predominante en aquella época era la de un rey guerrero que se desharía del yugo de los enemigos de Israel (léase Roma), restauraría el trono de David en Jerusalén y se ganaría el respeto de judíos y gentiles por igual. En este contexto, el escepticismo de los jefes de los sacerdotes respecto a Jesús de Nazaret debe suscitar mucha simpatía. Habría parecido absurdo que una figura tan patética y desvalida como la de Jesús en la cruz pudiera ser el Mesías.
Pero la resurrección de Jesús demostró que Dios había vindicado dramáticamente a Jesús. Por muy fuera de molde que hubiera sido la comprensión de Jesús de su condición de Mesías, esa comprensión había quedado inequívocamente confirmada por la milagrosa resurrección de entre los muertos por parte de Dios. Pedro declara: «A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. . .. Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías» (Hechos 2.32-36). En ausencia de su resurrección, habría quedado un signo de interrogación indeleble tras la persona y la misión iconoclastas de Jesús. Su resurrección nos dice que no deliraba, como muchos creían, sino que era el Mesías y Salvador.
Podría decirse que todo esto está muy bien, pero ¿existe una conexión más orgánica entre la muerte y la resurrección de Jesús? Sí, creo que la hay. Cualquier teoría bíblicamente adecuada sobre la expiación debe incluir no sólo la noción de expiación de los pecados, sino también la noción de propiciación de Dios, es decir, el apaciguamiento de la justa ira de Dios contra el pecado. La fuente de la ira de Dios es su justicia retributiva, por lo que el apaciguamiento de la ira es una cuestión de satisfacción de la justicia divina. Bíblicamente hablando, la satisfacción de la justicia de Dios tiene lugar, no como pensaba San Anselmo, a través de la compensación, sino a través del castigo. Al soportar el sufrimiento que merecíamos como castigo por nuestros pecados, Jesús satisfizo plenamente la justicia divina.
Por tanto, el que Dios resucite a Jesús de entre los muertos no es sólo una ratificación para nosotros de la eficacia de la muerte expiatoria de Cristo, sino una consecuencia necesaria de la misma. En efecto, con su muerte sustitutoria, Cristo satisfizo plenamente la justicia divina. Habiendo sido plenamente pagada la pena de muerte, Cristo no puede permanecer muerto como no puede permanecer encarcelado un criminal que ha cumplido plenamente su condena. El castigo no puede continuar; la justicia exige su liberación. Así pues, la resurrección de Cristo es a la vez una ratificación y una consecuencia necesaria de su satisfacción de la justicia divina.
Entender la resurrección de Cristo como una consecuencia necesaria de su muerte expiatoria nos permite leer la afirmación de Pablo «Jesús, Señor nuestro... que fue entregado por causa de nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación» (Romanos 4.25) bajo una luz nueva y sorprendente. Los comentaristas se han quedado perplejos ante el hecho de que las expresiones griegas «por causa de nuestras transgresiones» (dia ta paraptōmata hēmōn) y «para nuestra justificación» (dia tēn dikaiōsin hēmōn), cuando se leen con el significado estándar de la preposición dia + acusativo, no parecen tener sentido. Si tomamos el significado estándar como «a causa de» o «debido a», la afirmación de Pablo significa que Jesús murió a causa de nuestros pecados y resucitó a causa de nuestra justificación. Mientras que la muerte de Cristo a causa de nuestros pecados tiene perfecto sentido desde el punto de vista de que Cristo soportó el sufrimiento que merecíamos como castigo por nuestros pecados, no parece tener sentido decir que Cristo resucitó de entre los muertos a causa de nuestra justificación. Al parecer, se querría decir lo contrario, que nuestra justificación se debe a que Cristo ha resucitado; porque ha resucitado, de algún modo estamos justificados. Este enigma ha llevado a muchos comentaristas a interpretar que los dos casos de dia + acusativo en la frase de Pablo tienen dos significados diferentes, primero «a causa de» y luego un significado diferente como «con vistas a»: Cristo murió a causa de nuestros pecados y resucitó en aras de nuestra justificación.
Pero la noción de satisfacción de la justicia divina mediante la muerte expiatoria de Cristo nos permite leer Romanos 4.25 de forma directa y unívoca: Jesús murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. La resurrección de Jesús es una consecuencia necesaria de su satisfacción de la justicia divina por nosotros mediante su muerte expiatoria. La resurrección de Jesús está, pues, orgánicamente unida a su muerte expiatoria. No sólo es la resurrección de Jesús una ratificación dramática y divina de la eficacia de la muerte expiatoria de Jesús, sino que la resurrección de Jesús es más directamente una consecuencia necesaria de su completa satisfacción de la justicia divina en nuestro favor. Una vez pagada plenamente la pena de muerte, Jesús ya no puede ser retenido justamente por ella: debe resucitar de entre los muertos.
[1] “On the Organic Connection between Jesus’ Atoning Death and Resurrection,” en Raised on the Third Day, ed. W. David Beck y Michael R. Licona (Bellingham, Wash.: Lexham Press, 2020), pág. 89-104.
- William Lane Craig