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#55 ¿Los que se Pierden Acumulan Más Castigo en el Infierno?

August 22, 2012
P

Tengo una preocupación por algo que leí en la base de datos donde se encuentran sus artículos. Me encuentro que su explicación sobre el pecar en la vida después de la muerte y lo que usted cree implica algo raro cuando tomamos en cuenta el abismo que hay entre la muerte y la vida y cuando nos basamos en el juicio final que se expresa en el patrimonio o la historia judeo-cristiana.

En su artículo “How Can Christ be the only way to God?” (¿Cómo puede ser Cristo el único camino a Dios?), usted menciona que aquellos que han sido condenados al infierno continúan pecando. Eso parece fracasar en tres niveles:

1. El pecado parece ser una predisposición terrenal y no una que sigue en la eternidad. La palabra griega “harmatia” implica “errar o no dar al blanco.” Así que como cristianos, si creemos que el “blanco” es Dios o es la perfección justa, ¿no es eso algo que se logra o absolutamente no se logra en la vida después de la muerte? Parecería que si dejamos abierta la posibilidad de que una persona continúe “no dando al blanco,” entonces también debemos suponer que la antitesis de eso es que los que son salvos de alguna manera se mantienen “ganando o pegándole al blanco” ya sea esto Dios o la perfección justa. Ahora bien, como sé que vamos a continuar (creciendo) en nuestro conocimiento de Dios por toda la eternidad (como menciona Pablo), no veo eso como lo opuesto de aquellos que están perdidos en el infierno, ya que parece que su conocimiento de Dios no cesa o disminuye.

2. La idea de continuar pecando en la eternidad parece ser inadecuada por medio de una analogía. Una vez que el criminal es juzgado y sentenciado por sus crímenes, él va a la cárcel. Digamos que le den cadena perpetua sin libertad condicional. Ahora, aún si él hiciera obras en la cárcel que fuesen abominables, digamos que él mate otro hombre en una riña debido a que perdió todas las esperanzas, ¿podemos decir que eso tenga alguna consecuencia en el juicio que ya pasó? Hay algunos casos donde esa persona podría recibir otros 100 años añadidos, pero todos sabemos que eso sólo es una formalidad. Él no va a salir de la prisión. No hay ninguna esperanza de que alguna vez consiga que le den libertad.

3. La idea de continuar en pecado no está del todo apoyada en la Biblia. La cosa que encuentro realmente inadecuada en este ejemplo es la posibilidad que éste deja abierto. Es decir, si el pecado es por lo que una persona es juzgada en la eternidad, su rechazo a Cristo siendo la suma total de los pecados individuales, la posibilidad de que una persona (y no todas las que están condenadas o perdidas) pueda continuar pecando en el infierno implica la posibilidad de que una persona pueda también cambiar de parecer (o arrepentirse). Y creo que vemos evidencia de eso en el ejemplo de Lázaro cuando le habla a Abraham. No todas las personas en el infierno, dado este ejemplo en la Biblia, parecen seguir pecando. Algunos de ellos parecen estar genuinamente perturbados por sus decisiones en la tierra y quieren salir de allá. Y cuando Lázaro le habló a Abraham, Abraham no le reprendió por no haber aceptado la revelación de Dios en la naturaleza o por medio de la ley. Él simplemente le dice que hay un gran abismo entre ellos. De modo que decir que aún es una condición del corazón en Lázaro quien está meramente tratando de evadir los dolores del infierno es una inferencia que no se apoya en el dialogo.

Por lo tanto, sobre la base de estas tres objeciones, me pregunto, ¿cuán adecuada es la idea de un lugar eterno de tormento?

En Su Gracia,

Trey

United States

Respuesta de Dr. Craig


R

Trey, gracias por la pregunta perspicaz. Es importante que primero pongamos el contexto para poder responder su pregunta. Motivado no sólo por los no creyentes sino también por los aniquilacionistas, estoy haciendo el intento de tratar con la objeción a la doctrina del infierno, de que el infierno es incompatible con la justicia de Dios porque el castigo no va de acorde con la gravedad del delito. Hasta los pecados como el asesinato y la crueldad, se presume, no merecen el castigo eterno, ya que esos pecados son de significado finito, mientras que el castigo eterno es infinito en su severidad.

Mi respuesta a esta objeción contiene dos partes, la cual tiene la forma “Aun si…, pero de hecho….” Es decir que primero yo argumento ex concessionis, concediendo la suposición hecha por quien objeta de que ningún pecado cometido por los seres humanos merece un castigo infinito y tratando de mostrar que hasta en esa suposición, la objeción no pasa. Luego argumento que no necesitamos hacer la suposición presupuesta por quien objeta y propongo una solución totalmente diferente al problema, la cual de hecho encuentro que es preferible. Por lo tanto, no debe tomar la primera parte de mi respuesta fuera de contexto como si no estoy ofreciendo la segunda parte de la respuesta.

Entonces en cuanto a la primera parte de mi respuesta, lo que más me sorprendió cuando pensé acerca de este problema es que no se deduce que porque todos los pecados que cometemos merecen solamente un castigo finito, por lo tanto nadie merece un castigo eterno, ya que si alguna persona comete un número infinito de pecados, la suma total de pecados, de hecho, merecería un castigo infinito. Por supuesto, nadie comete un número infinito de pecados en su vida terrenal. Pero se me ocurre que en la vida después de la muerte una persona podría cometer por lo menos potencial e infinitivamente muchos pecados, si una persona se mantiene pecando para siempre. Y cuando pensamos de las personas que están perdidas o condenadas en el infierno, no es del todo improbable pensar de que ellos, en efecto, continúen pecando. En lugar de arrepentirse, ellos se hacen más implacables en su odio y rechazo a Dios.

Me encuentro algo asombroso que en el libro de Apocalipsis, las copas de la ira de Dios se derramaban en el juicio sobre la humanidad, aquellos que eran juzgados no se arrepentían sino que maldecían a Dios todavía más: “Los hombres fueron quemados con el gran calor y blasfemaron el nombre de Dios, que tiene poder sobre estas plagas, y no se arrepintieron para darle gloria….la gente se mordía la lengua por causa del dolor y blasfemaron contra el Dios del cielo por sus dolores y por sus úlceras, y no se arrepintieron de sus obras.…Del cielo cayó sobre los hombres un enorme granizo, como del peso de un talento. Y los hombres blasfemaron contra Dios por la plaga del granizo, porque su plaga fue sumamente grande” (Apoc. 16.8-11, 21). Ya sea en esta vida o en la venidera, el odiar y rechazar a Dios es pecar, ya que estamos moralmente obligados a adorar y a amar a Dios. El pecado no puede dejarse sin ser castigado, ya que Dios es perfectamente justo y por lo tanto esos pecados en la vida venidera también tienen que ser castigados. Así que como el pecar continúa para siempre, también el castigo continúa para siempre. De modo que si aún concedemos que todos los pecados merecen solamente un castigo finito, el infierno es incesantemente auto-perpetuo.

Consideremos sus primeras objeciones. En primer lugar, ¿puede el pecar continuar en la vida después de la muerte? Bueno, ¿Por qué no? Los hombres están moralmente obligados a adorar a Dios, y dejar de hacer eso es, como usted dice, “no dar al blanco.” Los perdidos de seguro no cumplen con sus obligaciones morales hacia Dios. Usted dice, “pero entonces también debemos suponer que los que son salvos de alguna manera se mantienen “ganando o pegándole al blanco” ya sea esto (el blanco) Dios o la perfección justa.” Bueno, ciertamente debemos decir que los bienaventurados no van a pecar más y en ese sentido continuarán pegándole al blanco, a pesar de que no necesitamos pensar que ellos alcanzan la perfección moral, una propiedad que plausiblemente le pertenece únicamente a Dios. Lejos de que cese o disminuya, yo debería pensar que el conocimiento de Dios de los bienaventurados crecería sin límite. Por lo tanto, no veo ningún problema con esto. (Además véase la Pregunta # 47 sobre el estado de los bienaventurados).

La segunda objeción que usted hace está basada en una analogía de alguien que fue sentenciado a la cárcel. No sé mucho de la jurisprudencia criminal, pero dudo que quede impune a los ojos de la ley una persona que en la cárcel asesinara a otro prisionero (o a un guardia). De seguro que será procesado y será responsable por ese delito—por lo menos, eso espero. Usted dice que si esa persona ya recibió una sentencia fuerte, entonces 100 años más es una mera formalidad. ¡Ahí está! Usted se está olvidando que estamos concediendo la suposición hecha por quien está objetando de que nuestros pecados merecen solamente un castigo limitado. Una analogía apropiada sería de alguien que tenga que cumplir sólo una sentencia breve pero que seguidamente continúa cometiendo delitos menores en la cárcel, de esa manera sigue acumulando más y más penas. Haría una gran diferencia si él continua cometiendo delitos en la cárcel, de ese modo prologa su sentencia. (A propósito, las analogías son una forma pobre de argumentar ya que ellas no prueban nada; así que sirven solamente para ilustrar. De modo que le aconsejaría a que evite esos argumentos en la apologética.)

La objeción final está basada en la parábola del rico y Lázaro que hace Jesús. Es cierto que el rico en el Hades muestra un corazón de arrepentimiento. El problema aquí, Trey, es que es un error “apretar” las parábolas para extraer una doctrina cristiana. Ese es un principio muy bien conocido de la hermenéutica (interpretación literaria). Las parábolas generalmente tienen el objetivo de ilustrar un punto central, en este caso que si las personas no van a escuchar a Moisés y a los profetas tampoco serán movidos por las señales milagrosas.  Es una mala exegesis hacer una doctrina extraída de los detalles circunstanciales de las parábolas. El rico en la parábola es casi como una figura de caricatura y sería un grave error utilizar su situación como base para una teología de los perdidos en el infierno.

No obstante, estoy completamente de acuerdo con usted en que no deberíamos pensar de que el rechazo a Cristo de parte de una persona constituye la suma total de pecado individual de esa persona. También estoy incómodo con la idea de que los perdidos o condenados podrían salir del infierno al arrepentirse o cumplir su tiempo (eso me huele como al purgatorio). Esa es la razón por la que ofrecí una segunda y mejor solución: que el rechazo a Cristo como Señor y Salvador, siendo un rechazo a Dios Mismo, es un pecado de gravedad y de proporción infinita y por lo tanto plausiblemente sí merece un castigo infinito. Visto de esa manera, las personas son enviadas al infierno, no tanto por asesinato, robo y adulterio, sino por rechazar a Dios. Además, si Dios posee conocimiento medio, entonces podemos decir que Él permite los que se pierden pasen por esta vida terrenal una sola vez. Él sabe que su rechazo a Él es irrevocable. Por lo tanto, los perdidos son responsables por su propio destino y no pueden impugnar la justicia de Dios.

- William Lane Craig