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Redescubriendo el Jesús Histórico: Evidencias a favor de Jesús

Summary

Aquí se presentan cinco razones para pensar que los críticos que aceptan la credibilidad histórica de los relatos de Jesús del evangelio no llevan una carga especial de la prueba relativa a los críticos más escépticos. Luego se aborda la historicidad de algunos aspectos específicos de la vida de Jesús, incluyendo su autoconcepción radical como el divino Hijo de Dios, su papel como hacedor de milagros, su juicio y crucifixión, y su resurrección de entre los muertos.

"Rediscovering the Historical Jesus: The Evidence for Jesus" [Redescubriendo al Jesús histórico: evidencias para Jesús]. Faith and Mission 15 (1998): 16-26.

En nuestra última sección, vimos que los documentos del Nuevo Testamento son las fuentes históricas más importantes para Jesús de Nazaret. Los denominados “evangelios apócrifos” son falsificaciones que vinieron mucho más tarde y, en gran parte, son elaboraciones de los cuatro evangelios del Nuevo Testamento.

Eso no quiere decir que no existan fuentes fuera de la Biblia que hagan referencia de Jesús. Sí existen. A él se le menciona en escritos paganos, judíos y cristianos fuera del Nuevo Testamento. El historiador judío Josefo es especialmente interesante. En las páginas de sus obras, se puede leer acerca de las personas del Nuevo Testamento como, por ejemplo, los sumos sacerdotes Anás y Caifás, el gobernador romano Poncio Pilato, el rey Herodes, Juan el Bautista, incluso el propio Jesús y su hermano Santiago (o Jacobo). También ha habido descubrimientos arqueológicos interesantes, así como el testimonio de los Evangelios. Por ejemplo, en 1961 la primera evidencia arqueológica referente a Pilato fue desenterrada en la ciudad de Cesarea. Esa evidencia se trataba de una inscripción de una dedicación que llevaba el nombre y el título de Pilato. Aún más recientemente, en 1990 al sur de Jerusalén, se descubrió la tumba de Caifás, el sumo sacerdote que presidió el juicio de Jesús. De hecho, la tumba que se encuentra debajo de la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén es (con toda probabilidad) la tumba en la que el propio Jesús fue puesto por José de Arimatea después de la crucifixión. Según Luke Johnson, un erudito del Nuevo Testamento en la Universidad Emory,

Incluso el historiador más crítico puede afirmar que un judío llamado Jesús obró como maestro y hacedor de milagros en Palestina durante el reinado de Tiberio, quien padeció ejecución por medio de crucifixión bajo el prefecto Poncio Pilato y continuó teniendo seguidores después de su muerte.[1]

Aun así, si queremos algún detalle sobre la vida y enseñanzas de Jesús, debemos recurrir al Nuevo Testamento. Las fuentes extra-bíblicas confirman lo que leemos en los evangelios, pero en realidad no nos dicen nada nuevo. Entonces, la pregunta debe ser: ¿cuán históricamente confiables son los documentos del Nuevo Testamento?

La Carga de la Prueba

Aquí confrontamos la pregunta crucial sobre la carga de la prueba. ¿Deberíamos suponer que los evangelios son confiables (o fidedignos) a menos que se pruebe que no son confiables? ¿O deberíamos suponer que los evangelios no son confiables a menos que se demuestre que son confiables? ¿Son ellos inocentes hasta que se demuestre que son culpables, o son culpables hasta que se demuestre que son inocentes? Los eruditos escépticos casi siempre suponen que los evangelios son culpables hasta que se demuestre que son inocentes. Es decir, ellos suponen que los evangelios no son confiables, a menos que (y hasta que) se demuestre que son correctos con respecto a algún determinado hecho. No estoy exagerando con esto: éste es realmente el procedimiento de los críticos escépticos.

Sin embargo, me gustaría enumerar cinco razones por las cuales pienso que deberíamos suponer que los evangelios son confiables hasta que se demuestre que no lo son:

1. No hubo suficiente tiempo para que influencias legendarias eliminaran los hechos históricos. El intervalo de tiempo entre los propios acontecimientos y la redacción de ellos en los evangelios es demasiado corto para que hayan permitido que la memoria de lo que había o no había realmente ocurrido fuera borrada.

2. Los Evangelios no son análogos a fábulas o a “leyendas urbanas” contemporáneas. Fábulas como las de Paul Bunyan y Pecos Bill o leyendas urbanas contemporáneas como del tipo de un “autoestopista que desaparece” rara vez tengan que ver con personas históricas reales y, por eso, no son análogas a las narrativas de los evangelios.

3. La transmisión judaica de tradiciones sagradas estaba muy bien desarrollada y era fidedigna. En una cultura oral como la de Palestina del primer siglo, la habilidad de memorizar y retener grandes porciones de la tradición oral era altamente apreciada y era una habilidad muy bien desarrollada. Desde una temprana edad, a los niños en el hogar, en la escuela y en la sinagoga se les enseñaba a memorizar fielmente la tradición oral. Los discípulos habrían ejercitado un cuidado similar en cuanto a las enseñanzas de Jesús.

4. Había restricciones o limitaciones significativas para el adorno de las tradiciones acerca de Jesús, como la presencia de testigos oculares y la supervisión de los apóstoles. Puesto que aquellas personas que habían visto y escuchado a Jesús continuaron viviendo y que la tradición sobre Jesús permaneció bajo la supervisión de los apóstoles, esos factores actuarían como una revisión natural de las tendencias para elaborar los hechos en una dirección contraria a la que era preservada por aquellas personas que habían conocido a Jesús.

5. Los escritores de los Evangelios tienen un registro comprobado de fiabilidad histórica.

No tengo suficiente tiempo para hablar sobre todos estos asuntos. Así que permítanme decir algo sobre el primer y el último punto.

1. No hubo suficiente tiempo para que influencias legendarias eliminaran los hechos históricos. Ningún erudito moderno piensa de los evangelios como mentiras descaradas, el resultado de una conspiración masiva. El único lugar en el que se encuentran esas teorías de la conspiración de la historia es en la literatura sensacionalista popular, o en la propaganda antigua detrás de la Cortina de Hierro. Al leer las páginas del Nuevo Testamento, no hay duda de que estas personas creían sinceramente en la verdad de lo que proclamaban. Más bien, desde la época de D. F. Strauss, los eruditos escépticos han explicado los evangelios como leyendas. Al igual que el juego de niño del “teléfono escacharrado” (según los eruditos escépticos), a medida que las historias sobre Jesús se difundían a lo largo de las décadas, ellas se hicieron más confusas, exageradas y mitificadas al punto que casi todos los hechos originales se perdieron. El sabio campesino judío fue transformado en el divino Hijo de Dios.

Sin embargo, uno de los principales problemas con la hipótesis de la leyenda (el cual los escépticos críticos casi nunca abordan) es que el periodo entre la muerte de Jesús y la redacción de los evangelios es demasiado corto para que esto acontezca. Este punto ha sido bien explicado por A. N. Sherwin-White en su libro “Roman Society and Roman Law in the New Testament” [Sociedad Romana y Derecho Romano en el Nuevo Testamento].[2] El profesor Sherwin-White no es teólogo. Él es un historiador profesional de épocas anteriores (y contemporáneas con) a Jesús. Según Sherwin-White, las fuentes de la historia romana y griega suelen ser sesgadas y removidas a una o dos generaciones, o incluso a siglos de los acontecimientos que ellos registran. Aun así, dice él, los historiadores reconstruyen a toda confianza el curso de la historia romana y griega. Por ejemplo, las dos primeras biografías de Alejandro Magno fueron escritas por Arrian y Plutarco más de 400 años después de la muerte de Alejandro. Aun así, los historiadores clásicos todavía consideran esas biografías dignas de confianza. Las fabulosas leyendas sobre Alejandro Magno no se desarrollaron hasta los siglos después deestos dos escritores. Según Sherwin-White, los escritos de Heródotonos permiten determinar la velocidad a la que se acumula una leyenda y las pruebas muestran que incluso dos generaciones es un periodo de tiempo demasiado corto para permitir que las tendencias legendarias destruyan el núcleo de los hechos históricos. Cuando el profesor Sherwin-White aborda los evangelios, él afirma que para que los evangelios sean legendas, la velocidad de acumulación legendaria tendría que ser "increíble". Más generaciones serían necesarias.

De hecho, agregarle un lapso de tiempo de dos generaciones a la muerte de Jesús llevaría a uno al segundo siglo, precisamente en el tiempo cuando comienzan a aparecer los evangelios apócrifos. Ellos contienen todo tipo de relatos legendarios sobre Jesús, tratando de llenar los años que pasaron entre su infancia y el inicio de su ministerio, por ejemplo. Esas son las legendas obvias, procuradas por los críticos, y no los evangelios bíblicos.

Ese punto se hace aún más devastador para el escepticismo cuando recordamos que los propios evangelios utilizan fuentes que se remontan incluso más cercanos a los acontecimientos de la vida de Jesús. Por ejemplo, el relato del sufrimiento y muerte de Jesús, comúnmente llamado la “Historia de la Pasión”, probablemente no fue originalmente escrito por Marcos. Más bien, Marcos utilizó una fuente para esta narración. Puesto que Marcos es el evangelio más antiguo, su fuente debe ser aún anterior. De hecho, Rudolf Pesch, un experto alemán en Marcos, dice que la fuente de la Pasión debe remontarse a por lo menos 37 d.C, a sólo siete años después de la muerte de Jesús.[3]

O, nuevamente, Pablo, en sus cartas, transmite informaciones sobre Jesús concernientes a sus enseñanzas, su Última Cena, su traición, crucifixión, sepultura y apariciones después de la resurrección. Las cartas de Pablo fueron escritas incluso antes de los evangelios y algunas de su información (por ejemplo, lo que él transmite en su primera carta a la iglesia de Corinto sobre las apariciones después de la resurrección) han sido fechadas dentro de cinco años después de la muerte de Jesús. En casos como esos, sólo se vuelve algo irresponsable hablar de leyendas.

5. Los escritores de los Evangelios tienen una trayectoria comprobada de fiabilidad histórica. Nuevamente, sólo tengo tiempo para ver un ejemplo: Lucas. Lucas fue el autor de una obra de dos partes: el Evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles. Esas son realmente una obra y están separadas en nuestras Biblias solamente porque la iglesia la agrupó en conjunto a los evangelios en el Nuevo Testamento. Lucas es el escritor del evangelio que escribe más auto-conscientemente como historiador. En el prefacio a esta obra, él escribe:

Por cuanto muchos han tratado de compilar una historia de las cosas que entre nosotros son muy ciertas, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, también a mí me ha parecido conveniente, después de haberlo investigado todo con diligencia desde el principio, escribirte las ordenadamente, excelentísimo Teófilo, para que sepas la verdad precisa acerca de las cosas que te han sido enseñadas. (Lucas 1. 1-4)

Este prefacio está escrito en terminología del griego clásico, tal como lo utilizaban los historiadores griegos. Después de esto, Lucas cambia a un griego más común. Pero ya él había puesto a su lector en alerta de que él podía escribir, si así lo deseaba, como el historiador culto. Él habla de su extensa investigación de la historia que está a punto de contar y nos asegura que la historia está basada en información de testigos oculares y, por eso, es la verdad.

¿Quién era este autor que llamamos Lucas? Es obvio que no era un testigo ocular de la vida de Jesús. Pero descubrimos un hecho importante sobre él en el libro de los Hechos. Comenzando en el capítulo dieciséis de Hechos, cuando Pablo llega a Troas en la Turquía moderna, el autor comienza repentinamente a usar los verbos en la primera persona del plural: "zarpando de Troas, navegamos con rumbo directo a Samotracia”, “en esta ciudad nos quedamos por varios días", “íbamos al lugar de oración", etc. La explicación más obvia es que el autor se había unido a Pablo en su gira evangelística por las ciudades mediterráneas. En el capítulo 21, Lucas acompaña a Pablo de regreso a Palestina y, finalmente, a Jerusalén. Lo que esto significa es que el autor de Lucas-Hechos estuvo, en efecto, en contacto directo con los testigos oculares de la vida y ministerio de Jesús en Jerusalén. Los críticos escépticos han hecho malabares tratando de evitar llegar a esa conclusión. Ellos dicen que el uso de la primera persona del plural en Hechos no se debe tomar literalmente; sino que es sólo un dispositivo literario que se usa comúnmente en los relatos antiguos para los viajes marítimos. ¡No le demos mente a que muchos de los pasajes de Hechos no tratan de los viajes marítimos de Pablo, sino que ocurren en tierra! El punto más importante es que esta teoría, cuando se revisa bien, resulta siendo pura fantasía.[4] Simplemente no había ningún dispositivo literario de viajes marítimos en la primera persona del plural—¡todo por completo se ha demostrado ser una ficción académica! No se puede evitar la conclusión de que Lucas-Hechos fue escrito por un compañero de viaje de Pablo, quien tuvo la oportunidad de entrevistar a los testigos oculares de la vida de Jesús mientras estaba en Jerusalén. ¿Quiénes fueron algunos de estos testigos? Quizás podamos obtener alguna pista sacando del Evangelio de Lucas todo lo que se encuentra en los otros evangelios y viendo lo que es peculiar a Lucas. Lo que se descubre es que muchas de las narrativas peculiares de Lucas están conectadas con mujeres que seguían a Jesús: personas como Juana y Susana, y significativamente, María, la madre de Jesús.

¿Era el autor digno de confianza en obtener los datos correctos? El libro de los Hechos nos ayuda a responder a esa pregunta de una manera decisiva. El libro de los Hechos se sobrepone significativamente con la historia secular del mundo antiguo, y la precisión histórica del libro de los Hechos es indisputable. Eso fue demostrado recientemente, una vez más, por Colin Hemer, un erudito clásico quien acudió a los estudios del Nuevo Testamento, en su libro The Book of Acts in the Setting of Hellenistic History [El libro de los hechos en su marco de la historia helenística].[5] Hemer analiza todo el libro de los Hechos con un peine de dientes finos, extrayendo de él una gran cantidad de detalles históricos, que va desde lo que sería de sentido común hasta los detalles que solamente una persona local hubiese sabido. Re­petidamente, la precisión de Lucas se demuestra: desde las navegaciones de la escuadra alejandrina al territorio costero de las islas mediterráneas hasta los títulos peculiares de oficiales locales, Lucas siempre es preciso. Según afirma el profesor Sherwin-White: “La confirmación de la historicidad en Hechos es asombrosa. Cualquier intento para rechazar su historicidad, incluso en asunto de detalles, debe aho­ra parecer absurdo”.[6] El juicio dictado por Sir William Ramsay, un arqueólogo de renombre mundial, todavía se mantiene: “Lucas es un historiador de primera clase [...] Ese autor debería ser colocado entre los mayores historiadores”.[7] Tomando en consideración el cuidado de Lucas y su demostrada confiabilidad, así como su contacto con testigos ocula­res pertenecientes a la primera generación después de los acontecimientos, él es un autor digno de confianza.

Con base en las cinco razones que enumeré, tenemos justificación para aceptar la confiabilidad histórica de lo que los evangelios dicen sobre Jesús, hasta que se pruebe que ellos están equivocados. En todo caso y como mínimo, no podemos suponer que los evangelios estén errados hasta que se pruebe que están correctos. La persona que niegue la confiabilidad de los evangelios debe cargar con la carga de la prueba.

Aspectos específicos de la vida de Jesús

Por la propia naturaleza del caso, será imposible decir mucho más allá de esto para probar que ciertos relatos en los evangelios son verdaderos históricamente. ¿Cómo pudiera uno probar, por ejemplo, el relato de Jesús visitando a María y a Marta? Simplemente tenemos un relato aquí que fue contado por un autor confiable, quien estaba en una posición de saber y no hay duda alguna de la historicidad del relato. No hay mucho más que decir.

Sin embargo, sí hay mucho que se puede decir sobre muchos de los acontecimientos claves en los evangelios. Lo que me gustaría hacer ahora es tomar algunos de los aspectos importantes de Jesús en los evangelios y decir algunas palabras sobre la credibilidad histórica de cada uno de ellos.

1. El auto-concepto radical de Jesús como el Divino Hijo de Dios. Los críticos radicales niegan que el Jesús histórico se consideraba a sí mismo como el divino Hijo de Dios. Ellos dicen que después de la muerte de Jesús, la iglesia primitiva afirmaba que él había dicho esas cosas, a pesar de que no las había dicho.

El gran problema con esa hipótesis es que se hace inexplicable ver cómo los judíos monoteístas le podrían haber atribuido la divinidad a un hombre que ellos habían conocido, si ese hombre nunca había afirmado esas cosas por su propia cuenta. El monoteísmo es el corazón de la religión judía y hubiese sido una blasfemia decir que un ser humano era Dios. Sin embargo, eso es precisamente lo que los cristianos primitivos proclamaron y creyeron concerniente a Jesús. Dicha afirmación debe haber estado arraigada en la propia enseñanza de Jesús.

Y, en efecto, la mayoría de los eruditos creen que entre las palabras históricamente auténticas de Jesús (esas son las palabras de los evangelios, las cuales el Seminario de Jesús imprimiría en rojo) se encuentran afirmaciones que revelan su propio entendimiento de su divinidad. Uno pudiera dar una conferencia completa sobre este punto solamente. Pero permítanme enfocarme en el auto-concepto de Jesús de ser el único y divino Hijo de Dios.

La auto-comprensión radical de Jesús es revelada, por ejemplo, en su parábola de los labradores malvados de la viña. Incluso los eruditos escépticos admiten la autenticidad de esa parábola, ya que también se encuentra en el Evangelio de Tomás, una de las fuentes favoritas de ellos. En esa parábola, el dueño de la viña envía siervos a los labradores de la viña para recoger el fruto de ella. La viña simboliza Israel, el dueño es Dios, los labradores son los líderes religiosos judíos, y los siervos son los profetas enviados por Dios. Los labradores golpearon y rechazaron a los siervos que había enviado el dueño. Al final, el dueño dice: "Enviaré a mi hijo amado; quizá a él lo respetarán". En vez de eso, los labradores mataron al hijo, porque él era el heredero de la viña. Ahora, ¿qué nos dice esa parábola sobre la auto-comprensión de Jesús? Él se consideraba a sí mismo como el especial Hijo de Dios (diferente a todos los profetas), el mensajero último de Dios, e incluso el heredero de Israel. ¡Ese no es un mero campesino judío!


El auto-concepto de Jesús como el Hijo de Dios tiene expresión explícita en Mateo 11.27: "Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Nuevamente, hay buenos motivos para considerar esto como un dicho auténtico del Jesús histórico. Eso es extraído de una fuente antigua que fue compartida por Mateo y Lucas, llamada por los eruditos “documento Q”. Además, es improbable que la Iglesia se haya inventado ese dicho, ya que dice que el Hijo es incognoscible—“nadie conoce al Hijo, sino el Padre”—, pero para la Iglesia pos-pascual nosotros podemos conocer el Hijo. Entonces ese dicho no es producto de una teología tardía de la Iglesia. ¿Qué nos dice ese dicho sobre el auto-concepto de Jesús? Él pensaba de sí mismo como el exclusivo y absoluto Hijo de Dios, y la única revelación de Dios a la humanidad. No se dejen engañar: si Jesús no era quien decía ser, entonces él estaba más loco que David Koresh y Jim Jones juntos.[8]


Por último, quiero considerar un dicho más de Jesús: el dicho de Jesús sobre su segunda venida en Marcos 13.32: “Pero de aquel día o de aquella hora nadie sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre”. Ese es un dicho auténtico del Jesús histórico, pues la iglesia posterior, la cual consideraría a Jesús como divino, nunca se habría inventado un dicho que atribuyera conocimiento limitado o ignorancia a Jesús. Pero aquí Jesús dice que no sabía el tiempo de su regreso. Entonces, ¿qué podemos aprender de este dicho? Este dicho no sólo revela la conciencia de Jesús de ser el único Hijo de Dios, sino que también nos presenta una escala ascendente partiendo de los hombres a los ángeles, pasando por el Hijo hasta el Padre, una escala en la que Jesús trasciende cualquier ser humano o angelical. ¡Esto es algo realmente increíble! Sin embargo, es en eso que el Jesús histórico creía. Y esa es sólo una faceta de la auto-comprensión de Jesús. C.S. Lewis estaba correcto cuando dijo:

El hombre que sin ser más que hombre haya dicho la clase de cosas que Jesús dijo, no es un gran moralista. Bien es un lunático que está al mismo nivel del que dice que es un huevo o el diablo del infierno. Puedes hacer tu elección. O bien este hombre era, y es el Hijo de Dios; o era un loco o algo peor. Escarnécele como a un insensato, escúpelo y mátalo como a un demonio; o cae a sus pies y proclámalo como Señor y Dios. Pero no asumamos la actitud condescendiente de decir que fue un gran maestro de la humanidad. Él no nos proporciona campo para tal actitud.[9]

2. Los milagros de Jesús. Incluso los críticos más escépticos no pueden negar que el Jesús histórico llevó a cabo un ministerio de hacedor de milagros y de exorcismo. Rudolf Bultmann, uno de los eruditos más escépticos que este siglo ha visto, escribió en 1926:

La mayoría de estas historias contenidas en los evangelios son legendarias o al menos engalanadas con leyendas. Sin embargo, no cabe duda alguna que Jesús hizo tales hazañas, las cuales fueron milagros, según su entendimiento y el de sus contemporáneos; es decir, hechos que fueron el resultado de causalidad divina sobrenatural. No cabe dudas que sanó al enfermo y expulso demonios.1[10]

En la época de Bultmann, se pensaba que las historias de milagros fueron influenciadas por historias de héroes mitológicos y, por lo tanto, al menos en parte eran legendarias. Pero, en la actualidad, se reconoce que la hipótesis de influencia mitológica estaba históricamente incorrecta. Craig Evans, reconocido erudito sobre Jesús, dice que la "noción antigua" de que las historias de milagros fueron el producto de ideas de hombres caracterizadas por lo mitológico "ha sido ampliamente abandonada".[11] Él dice: "Ya no se disputa seriamente de si o no los milagros jugaron un papel en el ministerio de Jesús". La única razón que falta para negar que Jesús realizó milagros literales es la presuposición del anti-sobrenaturalismo, la cual es simplemente injustificada.

3. El juicio y la crucifixión de Jesús. Según los evangelios, Jesús fue condenado por el supremo tribunal judío bajo la acusación de blasfemia y luego fue entregado a los romanos para ser ejecutado por su acto de traición, al ponerse a sí mismo como “Rey de los judíos”. Esos hechos no sólo son confirmados por fuentes bíblicas independientes (fuentes como Pablo y Hechos de los Apóstoles) sino que también son confirmados por fuentes extra-bíblicas. De Josefo y Tácito, aprendemos que Jesús fue crucificado por la autoridad romana bajo la sentencia de Poncio Pilato. De los documentos de Josefo y Mara bar Serapión, aprendemos que los líderes judíos hicieron una acusación formal en contra de Jesús y participaron en los acontecimientos antes de su crucifixión. Y del Talmud de Babilonia, Sanedrín 43a, sabemos que la participación judía en el juicio fue explicada como un proyecto adecuado contra un hereje. Según Johnson, “El apoyo para el modo de su muerte, sus agentes y quizás coagentes, es abrumador. Jesús se enfrentó a un juicio antes de su muerte, fue condenado y ejecutado por medio de crucifixión”.[12] Incluso el Seminario de Jesús reconoce la crucifixión de Cristo como “un hecho indisputable”.[13]

Sin embargo, eso plantea una cuestión muy enigmática: ¿por qué Jesús fue crucificado? Como ya hemos visto, las evidencias indican que su crucifixión fue instigada por causa de sus afirmaciones blasfemas, las cuales para los romanos parecerían como traición. Es por eso que él fue crucificado, como las palabras de la placa que fue puesta en la cruz, encima de su cabeza, decía "El Rey de los judíos". Pero si Jesús fuese sólo un campesino, un filósofo cínico, sólo un liberal contestador social, como afirma el “Seminario de Jesús”, entonces su crucifixión se hace inexplicable. Como ha dicho el doctor Leander Keck, de la Universidad Yale: "La idea de que ese cínico judío (y sus docenas de hippies), con su comportamiento y aforismos, era una grave amenaza a la sociedad suena más como una presunción de académicos alienados que de un sólido juicio histórico".[14] El erudito de Nuevo Testamento, John Meier es igualmente directo.

Él dice que un Jesús blandengue que salía hablando parábolas y diciéndole a la gente a contemplar los lirios del campo—“ese Jesús”, dice él, “no habría supuesto una amenaza para nadie, como tampoco son una amenaza los profesores de universidad que crean esa imagen de él”.[15] El Seminario de Jesús creó un Jesús que es incompatible con el indiscutible hecho de su crucifixión.

4. La resurrección de Jesús. Me parece que hay cuatro hechos establecidos que constituyen evidencias inductivas para la resurrección de Jesús:

Hecho #1: Después de su crucifixión, Jesús fue sepultado en una tumba por José de Arimatea. Este hecho es altamente significativo, ya que eso quiere decir que la ubicación del sitio de la tumba de Jesús le era conocida tanto a judíos como a cristianos por igual. En ese caso, se hace inexplicable cómo podría surgir y florecer la creencia en su resurrección frente a una tumba que contenía su cadáver. Según el fallecido John A. T. Robinson de la Universidad de Cambridge, la sepultura honorable de Jesús es "uno de los más tempranos y mejor atestados hechos acerca de Jesús”.[16]

Hecho #2: El domingo después de la crucifixión, la tumba de Jesús fue encontrada vacía por un grupo de sus seguidoras. Jacob Kremer, un especialista austriaco en la resurrección, dice, "Hasta ahora, la mayoría de los exegetas defienden firmemente la fiabilidad de las declaraciones bíblicas acerca de la tumba vacía”.[17] Como D. H. Van Daalen señala, “es extremadamente difícil argumentar en contra de la tumba vacía por razones históricas. Esas personas que la niegan, lo hacen, por suposiciones teológicas o filosóficas”.[18]

Hecho #3: En múltiples ocasiones y bajo varias circunstancias, distintos individuos y grupos de personas experimentaron apariciones de Jesús con vida después de su muerte. Ese es un hecho que es reconocido casi universalmente entre los eruditos del Nuevo Testamento de hoy. Incluso Gert Lüdemann (quizá el crítico de la Resurrección más prominente en la actualidad) admite, "puede tomarse como históricamente cierto que Pedro y los discípulos tuvieron experiencias después de la muerte de Jesús, en las cuales Jesús se les apareció como el Cristo resucitado”.[19]


Hecho #4: Los discípulos originales creyeron que Jesús había sido levantado de entre los muertos, a pesar de tener todos los motivos para no creerlo. A pesar de tener toda predisposición a su contrario, es un hecho innegable de la historia que los discípulos originales creían, proclamaron y estaban dispuestos a ir a la muerte por causa de la resurrección de Jesús. C.F.D. Moule de la Universidad de Cambridge concluye que tenemos aquí una creencia que nada en términos de influencias históricas anterior puede explicar, aparte de la propia resurrección.[20]

Cualquier historiador responsable que procure, pues, proporcionar una explicación del tema debe lidiar con estos cuatros hechos independientemente establecidos: la sepultura honorable de Jesús, el descubrimiento de su tumba vacía, sus apariciones con vida después de su muerte y el propio origen de la creencia de los discípulos en su resurrección; y por tanto con el propio cristianismo. Quiero hacer énfasis de que estos cuatro hechos representan, no sólo las conclusiones de los eruditos conservadores, ni he hecho referencia a conservadores, sino que representan la perspectiva mayoritaria de la erudición neo-testamentaria de hoy. La pregunta es: ¿cuál es la mejor manera de explicar estos hechos?

Ahora bien, eso pone al crítico escéptico en una situación un poco desesperante. Por ejemplo, unos años atrás participé en un debate sobre la historicidad de la resurrección de Jesús con un profesor en la Universidad de California en Irvine. Él había escrito su disertación doctoral sobre el tema y yo estaba completamente familiarizado con la evidencia. Él no pudo negar los hechos de la sepultura honorable de Jesús, su tumba vacía, sus apariciones después de la muerte y el origen de la creencia de los discípulos en la resurrección. Por lo tanto, su único recurso fue de salir con alguna explicación alternativa de esos hechos. Pues, entonces, él argumentó diciendo que Jesús tenía un desconocido hermano gemelo idéntico que fue separado de él en su nacimiento, quien luego regresó a Jerusalén en el momento de la crucifixión, se robó el cuerpo de Jesús de la tumba, y se presentó a los discípulos, quienes equivocadamente infirieron que Jesús había resucitado de entre los muertos. No me tomaré la molestia explicar cómo refuté dicha teoría, pero pienso que esa teoría es instructiva porque muestra a qué distancia desesperada debe ir el escepticismo para poder negar la historicidad de la resurrección de Jesús. De hecho, la evidencia es tan poderosa que uno de los principales teólogos judíos de hoy, Pinchas Lapide, se declaró estar convencido en base a la evidencia de que ¡el Dios de Israel levantó a Jesús de entre los muertos![21]

Conclusión

En resumen, los evangelios no sólo son documentos fidedignos en general, sino que cuando miramos algunos de los aspectos más importantes de Jesús en los evangelios, como por ejemplo sus afirmaciones radicales personales, sus milagros, su juicio y crucifixión, y su resurrección. Su veracidad histórica brilla a través de todo eso. Dios ha obrado en la historia y podemos saber sobre eso.

  • [1]

    Luke Timothy Johnson, The Real Jesus [El verdadero Jesús] (San Francisco: Harper San Francisco, 1996), p. 123.

  • [2]

    A. N. Sherwin-White, Roman Society and Roman Law in the New Testament [La sociedad romana y la ley romana en el Nuevo Testamento] (Oxford: Clarendon Press, 1963), pp. 188-91.

  • [3]

    Rudolf Pesch, Das Markusevangelium, 2 vols., Herders Theologischer Kommentar zum Neuen Testament 2 (Freiburg: Herder, 1976-77), 2: 519-20.

  • [4]

    Véase la discusión en Colin J. Hemer, The Book of Acts in the Setting of Hellenistic History [El libro de Hechos en el marco de la historia helenístico], ed. Conrad H. Gempf, Wissenschaftliche Untersuchungen zum Neuen Testament 49 (Tübingen: J. C. B. Mohr, 1989), cap. 8.

  • [5]

    Ibid., capítulos 4-5.

  • [6]

    Sherwin-White, Roman Society [Sociedad romana], p. 189.

  • [7]

    William M. Ramsay, The Bearing of Recent Discovery on the Trustworthiness of the New Testament (London: Hodder & Stoughton, 1915), p. 222.

  • [8]

    David Koresh y Jim Jones fueron líderes religiosos que llevaron a sus sectas a un suicidio colectivo. (N. del T.)

  • [9]

    C. S. Lewis, Cristianismo y Nada Más (Editorial Caribe, 1977), p. 62.

  • [10]

    Rudolf Bultmann, Jesus (Berlin: Deutsche Bibliothek, 1926), p. 159.

  • [11]

    Craig Evans, "Life-of-Jesus Research and the Eclipse of Mythology" [La investigación de la vida de Jesús y el eclipse de mitología], Theological Studies 54 (1993): 18, 34.

  • [12]

    Johnson, Real Jesus, p. 125.

  • [13]

    Robert Funk, El Seminario de Jesús en videotape.

  • [14]

    Leander Keck, "The Second Coming of the Liberal Jesus?” [¿La segunda venida del Jesús liberal?], Christian Century (Agosto, 1994), p. 786.

  • [15]

    John P. Meier, Un judío marginal, vol. 1: La raíces del problema y la persona, Editorial Verbo Divino, p. 193.

  • [16]

    John A. T. Robinson, The Human Face of God [La cara humana de Dios] (Philadelphia: Westminster, 1973), pg. 131.

  • [17]

    Jakob Kremer, Die Osterevangelien--Geschichten um Geschichte (Stuttgart: Katholisches Bibelwerk, 1977), pg. 49-50.

  • [18]

    D. H. Van Daalen, The Real Resurrection [La resurrección real] (Londres: Collins, 1972), p. 41.

  • [19]

    Gerd Lüdemann, What Really Happened to Jesus? [¿Qué realmente le sucedió a Jesús?], trad. John Bowden (Louisville, Kent.: Westminster John Knox Press, 1995), pg. 80.

  • [20]

    C. F. D. Moule y Don Cupitt, "The Resurrection: a Disagreement," [La resurrección: un desacuerdo] Theology 75 (1972): 507-19.

  • [21]

    Pinchas Lapide, The Resurrection of Jesus [La resurrección de Jesús], trad. Wilhelm C. Linss (Londres: SPCK, 1983).