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La entrada triunfal

Summary

Originalmente publicado como: “The Triumphal Entry”. Texto original disponible por completo en inglés: http://www.reasonablefaith.org/the-triumphal-entry.

Hoy celebramos el día denominado “Domingo de Ramos”, día de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, una semana antes de su crucifixión y muerte. En caso que ustedes se estén preguntando a qué se debe que se le llame “Domingo de Ramos”, se debe a que, según el Evangelio de Juan, grandes multitudes salieron a recibir a Jesús en Jerusalén, tomando ramas de palmeras que utilizaban para saludarlo con las manos o las agitaban a su paso.

Tenemos dos relatos independientes de la entrada triunfal de Jesús, uno en el Evangelio de Marcos y el otro en el Evangelio de Juan. Hablando históricamente, eso es muy importante, ya que una de las pruebas más importantes de la historicidad de un evento es la existencia de relatos independientes del mismo acontecimiento. Según explica Marcus Borg, destacado especialista en el Nuevo Testamento: “La lógica es directa: si una tradición aparece en una fuente antigua y en otra fuente independiente, entonces, ella no solo es una fuente antigua, sino que también es improbable que haya sido inventada”.

Ahora, por supuesto, como cristianos, creemos que el Nuevo Testamento fue inspirado por Dios y, por eso sabemos totalmente aparte de las evidencias históricas que esos relatos no fueron inventados. Pero, aun así, es bueno saber que a pesar de que los evangelios sean considerados como sencillamente documentos históricos comunes, ellos pasan la prueba de confiabilidad o fidedignidad que los historiadores seculares utilizan. Eso puede fortalecer nuestra confianza en su veracidad y nos proporciona una forma de transmitir su verdad a nuestros amigos no cristianos que todavía no creen en la inspiración de la Biblia.

Ahora bien, en el caso de la entrada triunfal de Jesús, ese acontecimiento es relatado en una de nuestras fuentes más antiguas, es decir en el Evangelio de Marcos y, de modo independiente, en el Evangelio de Juan. Además de eso, aunque los relatos de ese acontecimiento que se encuentran en los Evangelios de Mateo y Lucas son en gran parte dependientes de Marcos, muchos eruditos entienden que Mateo y Lucas tenían también otras fuentes independientes además de Marcos. Por lo tanto, la defensa histórica en favor de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén es bastante sólida.

Aunque los relatos de Marcos y Juan difieren en varios detalles circunstanciales, ellos concuerdan plenamente con el núcleo de la historia: en el comienzo de la semana final de su vida, Jesús de Nazaret entró en Jerusalén montado en un burrito y fue aclamado por grandes multitudes que habían venido a Jerusalén para celebrar la fiesta anual de la Pascua con gritos de “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” pues esperaban la venida del reino de Dios.

Hoy, pues, queremos poner nuestra atención en el relato más antiguo de ese evento, conforme se encuentra en el Evangelio de Marcos 11.1-11. Vamos a leer juntos ese texto:

Cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, cerca del monte de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, y les dijo: Id a la aldea enfrente de vosotros, y tan pronto como entréis en ella, encontraréis un pollino atado en el cual nadie se ha montado todavía; desatadlo y traedlo. Y si alguien os dice: “¿Por qué hacéis eso?” decid: “El Señor lo necesita”; y enseguida lo devolverá acá.  Ellos fueron y encontraron un pollino atado junto a la puerta, afuera en la calle, y lo desataron.  Y algunos de los que estaban allí les dijeron: ¿Qué hacéis desatando el pollino? Ellos les respondieron tal como Jesús les había dicho, y les dieron permiso. Entonces trajeron el pollino a Jesús y echaron encima sus mantos, y Jesús se sentó sobre él.  Y muchos tendieron sus mantos en el camino, y otros tendieron ramas que habían cortado de los campos.  Los que iban delante y los que le seguían, gritaban:

¡Hosanna!

Bendito el que viene en el nombre del Señor;

Bendito el reino de nuestro padre David que viene;

¡Hosanna en las alturas!

Y entró en Jerusalén, llegó al templo, y después de mirar todo a su alrededor, salió para Betania con los doce, siendo ya avanzada la hora.

Antes de examinar ese texto de manera más detallada, vamos a montar el escenario geográfica y cronológicamente. Es la primavera del año, el período de la gran fiesta de la Pascua en Jerusalén, durante el mes de nisán del calendario judío, el cual corresponde al principio de abril en nuestro calendario. La Pascua siempre comienza el 14.a día de nisán, el cual en aquel año cayó un viernes. De modo que los eruditos, usando datos astronómicos, determinaron que la fecha de la fiesta de la Pascua durante la cual Jesús fue crucificado o fue el 3 de abril del año 30 d.C. o el 7 de abril de 33 d.C.

Jesús y sus discípulos estaban de camino hacia Jerusalén para celebrar la fiesta de la Pascua, al igual como también lo hacían millares de otros peregrinos. Ellos acababan de pasar por la antigua ciudad de Jericó, donde según Marcos 10, Jesús sanó a Bartimeo el ciego cuando estaba saliendo de la cuidad. Jericó queda a unos 2.7 kilómetros al occidente de Jerusalén. La carretera romana sube de Jericó al Monte de los Olivos, el cual, con la elevación aproximada de 790 metros, queda directamente de frente al templo de Jerusalén, al otro lado del Valle de Cedrón (Fig. 1, en inglés).

La procesión triunfal de Jesús desde Betfagé y Betania hasta Jerusalén. Fig. 1

Peregrinos que venían de Galilea al norte, de donde era Jesús, seguían típicamente esa carretera hacia Jerusalén y pasaban por los poblados de Betania y Betfagé, mencionados por Marcos en el versículo 1. El poblado de Betania está localizado en la ladera sur del Monte de los Olivos, un poco retirado de la carretera romana, mientras que Betfagé se encuentra probablemente en la ladera occidental del Monte de los Olivos, precisamente al otro lado del Valle Cedrón en Jerusalén. Era prácticamente una extensión de la misma Jerusalén.

Cuando leemos el relato de Marcos, es posible que uno se pregunte por qué ese evangelio menciona a Betania, ya que Jesús realmente no tenía necesidad de usar ese camino para llegar a Jerusalén. Se puede especular que ese fue el poblado sin nombrar del cual se hace referencia en el versículo 2, dónde los discípulos debían ir para encontrar el pollino. Pero eso haría que la procesión triunfal de Jesús fuera de una distancia de casi 3.2 kilómetros, lo que es aparentemente una distancia muy larga para que las personas tendieran sus ramas y mantos en el camino, como ellos lo hicieron. Por lo tanto, parecería algo extraño que Marcos mencionara a Betania.

Pero al leer el Evangelio de Juan, uno descubre un hecho interesante: en efecto, Jesús y sus discípulos en el camino hacia Jerusalén pasaron la noche en Betania, donde vivían María y Marta, cuyo hermano Lázaro Jesús había resucitado de entre los muertos. Juan relata: “seis días antes de la Pascua, vino a Betania donde estaba Lázaro, al que Jesús había resucitado de entre los muertos. Y le hicieron una cena allí” (Juan 12.1-2a). Habiendo partido de Jericó aquella mañana, Jesús debió haber llegado a Betania en la tarde y disfrutado de una cena con sus amigos. Fue durante esa cena que María ungió los pies de Jesús y los secó con los cabellos. Curiosamente, Marcos también conoce ese incidente en Betania, pero lo cuenta en otro contexto en el capítulo 14. Es interesante que, en el capítulo 11 versículos 12 y 19, Marcos relata que Jesús no pasaba las noches en Jerusalén durante su última semana de vida, sino que salía a Betania en la noche todos los días. De modo que la entrada triunfal no aconteció el mismo día en que Jesús salió de Jericó. Juan dice que Jesús pasó uno o tal vez dos días en Betania y las multitudes, al enterarse de su llegada, ya estaban saliendo hacia Betania para verlo.

Así que, ¿cuándo ocurrió la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén? Juan informa que Jesús llegó a Betania seis días antes de la Pascua. Según él, la Pascua se comía la noche del viernes. Juan afirma repetidamente que los líderes judíos querían deshacerse de Jesús antes que comenzara la comida pascual (Juan 18.28; 19.14). Según las normas judías, la matanza de los corderos pascuales en el Templo comenzaba a las 3:00 de la tarde el día 14 del mes de nisán y ellos debían ser consumidos al anochecer. Ahora, presten atención a esto: en la cronología de Juan, Jesús murió en la cruz en el momento exacto en que los principales sacerdotes comenzaron a sacrificar los corderos de la Pascua en el Templo. Ellos no entendieron que, al instigar la crucifixión de Jesús por manos de los romanos, ellos estaban realmente ofreciendo un sacrificio a Dios que, de una vez por todas, acabaría con los sacrificios de animales que ellos estaban ofreciendo en el mismo momento. Como escribió Pablo en 1 Corintios 5.7: “Porque Cristo, nuestro Cordero pascual, ya ha sido sacrificado”.

Entonces, según el relato de Juan, Jesús murió en la hora de los sacrificios de la Pascua, antes de la comida pascual. El problema aquí es que, según Marcos y los otros evangelios, Jesús comió la Pascua con sus discípulos la noche antes de su crucifixión. En Marcos 14.12, leemos: “El primer día de la fiesta de los Panes sin levadura, cuando se acostumbraba sacrificar el cordero de la Pascua, los discípulos le preguntaron a Jesús: ¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas la Pascua?” Y Jesús les dio instrucciones a que prepararan la Pascua en el aposento alto de la casa. Pues Juan está de acuerdo que Cristo participó de la Última Cena con sus discípulos la noche del jueves, antes de ser traicionado y arrestado. Pero ¿cómo pudiera esta haber sido la comida de la Pascua, si los corderos no eran de ser matados en el Templo hasta la 3:00 de la tarde del próximo día, como dice Juan? 

Ya fueron presentadas varias soluciones para ese enigma. Una de las más plausibles es que, debido a los calendarios concurrentes usados en la Palestina del primer siglo, los sacrificios se podían haber hecho en más de un día. Observen que los fariseos y los habitantes de Galilea entendían que los días comenzaban con la salida del sol y terminaban con la próxima salida del sol. Pero los saduceos y los habitantes de Judea entendían que los días comenzaban con la puesta del sol y terminaban con la próxima puesta del sol. En la era moderna, hemos adoptado lo que pienso ser la convención más extraña de que el día comienza en la media noche y termina hasta la próxima media noche. Bueno, la diferencia en la manera de entender los días confunde completamente la datación de ciertos eventos, como se puede ver en la siguiente tabla (Fig. 2).

FECHA DE LA PASCUA

 

 

Calendario Moderno

Calendario Galileo

Calendario Judío

Jueves

12:00 AM

 

 

6:00 AM

14 de Nisán

12:00 PM

6:00 PM

14 de Nisán

 

Viernes

12:00 AM

6:00 AM

15 de Nisán

12:00 PM

6:00 PM

15 de Nisán

12:00 AM

 

Según el cálculo del calendario galileo, el 14 de nisán comienza como a las 6:00 de la mañana del día que nosotros llamamos jueves. Pero para el calendario de judío, el 14 de nisán no comienza hasta 12 horas más tarde, como a las 6:00pm de nuestro jueves. De modo que cuando una persona de Galilea, siguiendo las reglas judías, mataba el cordero pascual en la tarde del 14 de nisán, ¿en qué día lo hacía? El jueves. Pero cuando un habitante de Judea ofrecía su cordero en sacrificio en la tarde del 14 de nisán, ¿en qué día lo hacía? ¡El viernes! Cuando caía la noche, entonces era que él se comía el banquete con el cordero, según la estructura de los días, ese era el 15 de nisán. Por lo tanto, para satisfacer las demandas tanto de las sensibilidades de los fariseos de Galilea como las sensibilidades saduceas de Judea, el sacerdocio del Templo tendría que realizar sacrificios pascuales tanto el jueves como el viernes. Jesús, siendo de Galilea y sabiendo de su inminente arresto, decidió celebrar la Pascua el jueves en la noche, mientras que los principales sacerdotes y los escribas responsables por el arresto de Jesús seguían el calendario de Judea de la manera que lo describe Juan. Aunque no tenemos evidencia de que los sacrificios pascuales se hacían en ambos días, esa solución es muy plausible. La población de Jerusalén aumentaba hasta más o menos 125 mil personas durante el festival de la Pascua. Sería algo logísticamente imposible para el sacerdocio del templo de sacrificar suficientes corderos para esa cantidad de personas en una tarde entre las 3:00pm y las 6:00pm. Ellos debieron haber hecho sacrificios en más de un día, lo que hace completamente posible el que Jesús y sus discípulos celebraran la Pascua la noche del jueves antes de su arresto.


Así que, si contamos retroactivamente seis días partiendo de la fecha de la Pascua dada por Juan, tendremos a Jesús llegando a Betania el sábado en la noche, el 9 de nisán. Dependiendo de la cantidad de tiempo que él haya permanecido en ese poblado, él entró en Jerusalén ya sea al día siguiente, el domingo, o el lunes. I. H. Marshall, un destacado erudito del Nuevo Testamento, presenta esta reconstrucción de la última semana de Jesús (Fig. 3):

Día

Evento

               Escritura

Sábado

Llegada a Betania

              Juan 12.1

Domingo

La multitud viene a ver a Jesús

              Juan 12.9-11

Lunes

Entrada triunfal

              Mateo 21.1-9; Marcos 1.1-10;      

              Lucas 19.28-44

Martes

Maldición de la Higuera estéril  

              Mateo 21.18-19; Marcos  

              12.13-14

 

Purificación del Templo

              Mateo 21.12-13; Marcos  

              11.15-17; Lucas 19.45-46

Miércoles

Higuera marchitada

              Mateo 21.20-22; Marcos

              11.20-26

 

Controversia en el Templo y Discurso del Monte de los Olivos

              Mateo 21.23–33.39; Marcos

              11.27–12.44; Lucas 20.1–21.4

              Mateo 24.1-25.46; Marcos

              13.1-37; Lucas 21.5-36

   

             

Jueves

Última Cena

              Mateo 26.20-30; Marcos

              14.17-26; Lucas 22.14-30

 

Traición y arresto

              Mateo 26.47-56; Marcos  

              14.43-52; Lucas 22.47-53.

 

Juicio por Anás y Caifás

              Mateo 26.57-75; Marcos  

              14.53-72; Lucas 22.54-65;   

              Juan 18.13-72; Lucas 22.54-

              65; Juan 18.13-27

Viernes

Juicio por el Sanedrín

              Mateo 27.1; Marcos 15.1;

              Lucas 22.26

         

 

Juicio por Pilato y Herodes

              Mateo 27.2-30; Marcos 15.2-

              19; Lucas 23.1-25

 

Crucifixión y sepultura

              Mateo 27.31-60; Marcos

              15.20-46; Lucas 23.26-54;

              Juan 19.16-42

          

Sábado

Muerto en la tumba

 

Domingo

Resurrección

             Mateo 28.1-15; Marcos 16.1-8;

             Lucas 24.1-35

 

Después de montar el escenario, examinemos más de cerca el relato de Marcos. La primera parte de la historia se refiere a Jesús obteniendo un asno en el cual montarse para entrar a la ciudad. Como Jesús y sus discípulos estarían regresando a la carretera romana procediendo de Betania, es probable que la aldea donde el asno estaba amarrado era Betfagé. Jesús envía a dos de sus discípulos adelante para que le trajeran el asno para que él pueda montarse y descender del Monte de los Olivos montado en él, atravesando el Valle de Cedrón y pasando por la llamada Puerta Dorada en la muralla oriental hacia el Templo. Marcos no nos informa qué tipo de asno era, pero sí sabemos que había tres tipos de animales equinos que se utilizaban en Palestina: caballos, burros y mulas, que son animales híbridos de una yegua con un burro. Los otros evangelios nos dicen que Jesús escogió un burro. Los burros eran robustos, animales de carga que se usaban ampliamente como bestias de carga. Como veremos, la elección de un burro de parte de Jesús es tanto deliberada como significativa.

En el relato de Marcos, Jesús demuestra una presciencia inquietante de eventos  altamente particulares por los cuales los discípulos pasarían a buscar el pollino. Y la explicación simple que ellos deben dar — “El Señor lo necesita” — muestra la percepción de soberanía y de autoridad que Jesús tenía. Tal vez alguien piense que Jesús había simplemente hecho arreglos previos con los dueños del pollino sin decirles a los discípulos. Pero eso parece perder de vista la lección que Marcos está tratando de enseñar aquí, es decir, la presciencia y el dominio de Jesús sobre los acontecimientos que culminarían en su sufrimiento y muerte. Marcos quiere que veamos que Jesús no es la víctima impotente de acontecimientos que están saliendo fuera de su control. Más bien, él sigue siendo el señor soberano de su propio destino cuando escogió ir a la cruz.

Ese énfasis es incluso más evidente en Marcos 14.12-16, donde en respuesta a la pregunta de los discípulos sobre la Pascua, Jesús les dice a los dos:

Y envió a dos de sus discípulos, y les dijo: Id a la ciudad, y allí os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle;  y donde él entre, decid al dueño de la casa: “El Maestro dice: ‘¿Dónde está mi habitación en la que pueda comer la Pascua con mis discípulos?’” Y él os mostrará un gran aposento alto, amueblado y preparado; haced los preparativos para nosotros allí.  Salieron, pues, los discípulos y llegaron a la ciudad, y encontraron todo tal como El les había dicho; y prepararon la Pascua. (Marcos 14.13-16)

Parece incluso más improbable que un encuentro con un hombre cargando una jarra de agua fuese arreglado previamente; pero, una vez más, Marcos está ilustrando el conocimiento y la autoridad sobrenatural de Jesús. Jesús está mostrando las credenciales de un verdadero profeta. Por ejemplo, en 1 Samuel 10, al ungir a Saúl como rey, Samuel le dice:

Cuando te apartes hoy de mí, hallarás a dos hombres cerca del sepulcro de Raquel, en el territorio de Benjamín, en Selsa, y te dirán: “Las asnas que fuiste a buscar han sido halladas. Y he aquí, tu padre ha dejado de preocuparse por las asnas y está angustiado por vosotros, diciendo: ‘¿Qué haré en cuanto a mi hijo?’” De allí seguirás más adelante, llegarás hasta la encina de Tabor, y allí te encontrarás con tres hombres que suben a Dios en Betel, uno llevando tres cabritos, otro llevando tres tortas de pan y otro llevando un odre de vino; ellos te saludarán y te darán dos tortas de pan, las cuales recibirás de sus manos. Después llegarás a la colina de Dios donde está la guarnición de los filisteos; y sucederá que cuando llegues a la ciudad, allá encontrarás a un grupo de profetas que descienden del lugar alto con arpa, pandero, flauta y lira […] El Espíritu del Señor vendrá sobre ti con gran poder, profetizarás […] (1 Samuel 10.2-6)

En 1 Samuel 10.7 se nos dice que el cumplimiento de esas predicciones hechas por Samuel eran señales de que Dios estaba con él. De manera semejante, las predicciones de Jesús son instrucciones y señales para sus discípulos y para nosotros del control soberano de Jesús sobre su propio destino. Tratar esas predicciones como meros arreglos naturales previamente hechos, como el planeamiento de alguien para viajar, es perder de vista las lecciones que Marcos nos quiere enseñar.

Los acontecimientos de la pasión o los sufrimientos no toman a Jesús de sorpresa. En la jornada de Galilea a Jerusalén, él había tomado a los doce discípulos a solas y les dijo:

He aquí, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles. Y se burlarán de Él y le escupirán, le azotarán y le matarán, y tres días después resucitará. (Marcos 10.33-34).

De hecho, decir que esos acontecimientos no tomaron a Jesús de sorpresa es eufemismo. Por lo contrario, él los provocó, como vemos en la segunda parte de la historia de Marcos. Con su entrada triunfal en Jerusalén, Jesús deliberadamente puso el proceso en marcha que al final de la semana lo aplastaría bajo su peso.

 Para poder tener una mejor apreciación de lo que acontece en seguida, es necesario que tengamos un entendimiento básico de los sentimientos judíos con relación a Roma. En 63 a.C., las legiones romanas bajo las órdenes de Pompeyo habían puesto fin al estado judío independiente, al conquistar a Jerusalén y al derribar al rey. Aunque Israel había retornado de su exilio en Babilonia centenas de años antes, la era de oro predicha por los profetas todavía no se había materializado. En vez de eso, Israel trabajaba bajo la dictadura militar opresiva de una nación pagana. Los judíos ya estaban irritados de vivir bajo el yugo de la ley romana. Dentro de 35 años después de la muerte de Jesús, los judíos se encontrarían en rebelión total contra Roma, resultando finalmente en la destrucción catastrófica de Jerusalén, en 70 d.C. Mientras tanto, Israel era un hervidero de disturbios. Los judíos anhelaban tener un libertador mesiánico que restauraría en Israel, de una vez y para siempre, el trono de David y establecería el Reino de Dios en la tierra.

Los profetas del Antiguo Testamento hablaban de la venida de ese rey davídico, y los judíos anhelaban el cumplimiento de sus profecías. Durante su ministerio, Jesús evitó el pronunciamiento público de que era el Mesías prometido. Los eruditos del Nuevo Testamento han discutido por mucho tiempo sobre el tema llamado “el secreto mesiánico” que se encuentra en el Evangelio de Marcos. En Marcos, Jesús nunca declara públicamente ser el Mesías y, cuando las personas lo reconocen como tal, como en la gran confesión de Pedro en Marcos 8.29 — “Tú eres el Cristo” o “Tú eres el Mesías” —, Jesús les ordena estrictamente a no contarle a nadie sobre ello.

Ahora bien, en Marcos 11, con esa entrada triunfal en Jerusalén, todo cambia.

Jesús estaba empapado del Antiguo Testamento, conforme sabemos por su discusión con los escribas judíos. Él conocía y entendía las profecías del rey venidero de Israel que restauraría el trono de David. En particular, él había asumido las profecías del libro de Zacarías. Zacarías había hablado de que un pastor designado por Dios sobre Su pueblo y, en el capítulo 13, el profeta dice que el pastor será herido y las ovejas, dispersadas. En Marcos 14.27, Jesús se aplica esa profecía a sí mismo, cuando dice a los discípulos que todos ellos lo iban a abandonar. Él dice: “Todos ustedes me abandonarán porque está escrito [citando Zacarías 13]: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas”. Jesús se estaba aplicando a sí mismo las profecías de Zacarías.

Entonces, ¿qué Jesús está haciendo cuando se monta en el pollino y desciende del Monte de los Olivos a Jerusalén? Observen que ese es el único caso registrado en los evangelios en el cual Jesús anduvo montado en vez de caminar (a pesar de que simplemente era alrededor de 3 kilómetros), y los peregrinos que venían para la fiesta de la Pascua normalmente venían a pie. Lo que Jesús, entonces, está haciendo aquí es algo singular. Pero ¿qué significa eso? ¿De qué se trata todo eso? La respuesta es que Jesús está cumpliendo deliberadamente la profecía de Zacarías en el capítulo 9, versículos 9-10. Escuchen esto:

¡Alégrate mucho, hija de Sión!
    ¡Grita de alegría, hija de Jerusalén!
Mira, tu rey viene hacia ti,
    justo, salvador y humilde.
Viene montado en un asno,
    en un pollino, cría de asna.

Destruirá los carros de Efraín
    y los caballos de Jerusalén.
Quebrará el arco de combate
    y proclamará paz a las naciones.
Su dominio se extenderá de mar a mar,
    ¡desde el río Éufrates
    hasta los confines de la tierra!

Jesús está deliberada y provocativamente afirmando que era el rey prometido de Israel, aquel que restablecería el trono de David. Su modo de actuar es como una parábola viva, ejecutada para revelar su verdadera identidad. El secreto mesiánico es ahora noticia revelada. La entrada triunfal nos muestra la auto-consciencia mesiánica y quien él se consideraba ser. Él se identificó con el Pastor-Rey predicho por Zacarías.

El punto no pasó desapercibido por la multitud, sino que las personas comenzaron a tender sus mantos en el camino para que Jesús pasara sobre ellos (por decir, una especie de alfombra roja), una acción que traía a la memoria la manera que la multitud tendía sus mantos sobre el suelo en 2 Reyes 9.13 cuando Jehú fue ungido como Rey de Israel. Ellos cortaron ramas de palmas u otras clases de plantas como los judíos hacían en otras celebraciones y festividades, y las tendieron en el camino de Jesús. Y luego las personas, quizás recordando como el ciego Bartimeo en Jericó había proclamado repetidamente el Salmo 118.25 a Jesús como el “Hijo de David”, comenzaron a entonar las palabras de “Hosanna (o Dios salva). ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” y los otros respondían cantando “Desde la casa del Señor los bendecimos.  ¡Hosanna en las alturas!”

Podemos ver que la multitud pensaba que, por fin, ya había llegado el Ungido de Dios, el maestro y hacedor de milagros de Nazaret, quien se iba a deshacer de los regidores paganos de Israel y establecería el verdadero reino de Dios, con la sede no en Roma sino en Jerusalén. Y por eso entre los gritos y cantos, con la multitud rodeándole por todos los lados, Jesús entró por la puerta este en la entrada a Jerusalén, hacia los precintos del Templo y no hace nada. ¡Él no hace nada! En los relatos que cuentan Mateo y Lucas, la historia de Jesús purificando el templo viene inmediatamente después de la historia de la entrada triunfal, dando la impresión de que ésos eran acontecimientos consecutivos. Pero en Marcos 11.11 leemos: “Jesús entró en Jerusalén y fue al templo. Después de observarlo todo, como ya era tarde, salió para Betania con los doce”. 

¡Hablar de un anticlímax! Jesús no purifica el Templo, no lidera la muchedumbre contra la fortaleza romana, él ni siquiera da un discurso inflamador. Él sólo mira a su alrededor y se retira. Eso tal vez explica la razón por la que él no fue arrestado de inmediato. Su entrada triunfal en la cuidad no era algo que los romanos estaban esperando ni entendían, y la procesión de Jesús probablemente sólo se mezcló con la multitud de la Pascua inmediatamente las personas llegaron a Jerusalén.

¡Pero qué decepción para aquellas personas que habían aclamado su entrada! ¿Qué tipo de Mesías era éste? En los días siguientes, Jesús purificó el Templo, pero no levantó un dedo contra los romanos. De hecho, él ni siquiera levantó la voz en contra de ellos. En vez de eso, él dijo “Denle, pues, al césar lo que es del césar, y a Dios lo que es de Dios” (Marcos 12.17). ¿Quién necesita un rey como ése?

Ya para el viernes, una gran parte de la multitud estaba tan desencantada con Jesús que el sacerdocio del Templo (que tramaba llevar a cabo su arresto y entregarlo a los romanos basándose en la traidora acusación de proclamarse “Rey de los judíos”) pudo lograr voltearla en su contra. Ya esa multitud que una vez clamaba “¡Hosanna!”, ahora daba gritos “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” Y, por eso, Jesús fue llevado a la cruz para morir, como él sabía que tenía que ser.

¿Qué lección podemos aprender del relato de la entrada triunfal de Jesús? Permítanme mencionar dos. La primera, vemos el señorío de Jesús. La crucifixión de Jesús no fue un accidente que vino sobre él inadvertidamente mientras visitaba Jerusalén. Más bien, Jesús entendió y aceptó su llamado a pasar por una muerte tan terrible. De hecho, él deliberadamente provocó los acontecimientos que llevarían a su ejecución. Él entendía que él era el Pastor-Rey profetizado por Zacarías y abiertamente asumió su rol en su provocativa entrada triunfal en Jerusalén. Durante todo el proceso, él demostró su presciencia de los acontecimientos de la pasión: encontrando el burrito, haciendo los arreglos para su Última Cena de Pascua en el aposento alto, sobre la traición de Judas, la triple negación de Pedro, los discípulos abandonándolo, su entrega a los gentiles, su azotes, humillación y ejecución. Él anunció todas esas cosas por adelantado. Por lo tanto, él mostró tener señorío sobre toda la historia.

Hay una teología que está abriendo camino en la iglesia cristiana, llamada “Teísmo Abierto [Apertura de Dios]”. Esa teología defiende la posición de que Dios no tiene, ni puede tener presciencia de las acciones libres de los seres humanos y, por eso, sólo puede adivinar el futuro. Esa teología dice que Dios es un Dios que se arriesga, que apuesta y a veces pierde. Las predicciones de la pasión, como la hemos analizado aquí, demuestran que la teología del Teísmo Abierto está equivocada. Jesús sabía y conocía con detalles suficientes que no se podía adivinar con exactitud lo que le iba a acontecer en esa semana en Jerusalén. La teología del Teísmo Abierto, por lo tanto, inevitablemente subestima la persona de Cristo. En el relato de la entrada triunfal, vemos la revelación del sentido de señorío de Jesús, mientras él dirige los acontecimientos hacia los fines anticipadamente conocidos.

La segunda lección está relacionada con la primera: Jesús no siempre cumple nuestras expectativas. Los judíos esperaban a un rey que sería un gran líder militar como David, quien iba a derrocar el yugo de Roma y quien establecería el reino de Dios a la fuerza. Cuando leemos algunas de las profecías del Antiguo Testamento, podemos entender el por qué tenían esas expectativas. Ellas no eran irrazonables. Pero Jesús era radicalmente diferente a las expectativas que ellos tenían. Cuando él entró en Jerusalén, él no lo hizo en un caballo, lo cual sería símbolo de guerra y la elección de los conquistadores, como lo había hecho Pompeyo. Él ni siquiera escogió una mula, el corcel de los reyes judíos como el propio David. Al contrario, él escogió un burro, un animal de carga (un animal inferior de carga) como su montura real. Como Zacarías había profetizado, él vino humildemente y trayendo paz. El Reino de Dios, el cual él predicó e inauguró, no era un reino terrenal ni político, sino el reinado de Dios en los corazones de las personas quienes le conocen y le sirven. Sin embargo, ése no era el tipo de reino que las personas esperaban ni deseaban, y por eso rechazaron a Jesús como su Señor.

A medida que crecemos en nuestra vida cristiana, todos enfrentamos situaciones en las cuales Dios no cumple nuestras expectativas. Quizás, Él no nos trae un cónyuge a nuestra vida; o tal vez tú encuentras que tu matrimonio no ha logrado las expectativas que tenias; o tal vez te han ignorado cuando hay una promoción o posición de empleo que realmente merecías; o quizás has sido impactado por una enfermedad o tragedia en tu vida de una forma inesperada.

Y la tentación en todas esas situaciones es de rescatar lo que la fe cristiana enseña y hacer las cosas a nuestra propia manera, casándote una persona no cristiana que se enamora de ti. Le pides divorcio y luego te pones resentido y amargado por causa de las oportunidades perdidas. Desistes de confiar en el amor de Dios por ti y ya no confías en Él. A medida que he madurado como cristiano, he visto esas clases de cosas suceder una y otra vez en las vidas de amigos cristianos. Cuando Dios no cumple nuestras expectativas, entonces nos deshacemos de Él y hacemos las cosas de la manera que nosotros pensamos que deberían hacerse o le tenemos resentimientos por no darnos aquello que queremos.

Y lo que yo quiero decir aquí es lo que la primera lección nos enseña: Jesús es el Señor. Él no tiene ninguna obligación para cumplir nuestras expectativas. Si Él escoger darte una vida de sufrimientos y dificultades, de decepciones y fracasos, él es Señor. Pero muchos de nosotros parecen pensar que, si Cristo no cumple nuestras expectativas, entonces nosotros simple y llanamente lo rechazamos, como lo hizo la multitud en Jerusalén. Pero Cristo es Señor, y él no tiene que cumplir nuestras expectativas respecto a él. Cristo jamás prometió a sus seguidores una vida feliz. Los discípulos no están por encima de su maestro y el Maestro escogió el camino del Gólgota. Si tú estás llamado para pisar la misma vereda, esa es una prerrogativa del Maestro.

Lo que estoy diciendo es que debemos ajustar nuestras expectativas a aquello que Dios decreta, no ajustar a Dios a nuestras expectativas. Cristo es Señor y él sabe lo que es mejor. Si intentamos hacer que él se ajuste a nuestras expectativas, a lo que es aceptable para nosotros, o de lo contrario lo rechazamos, entonces eso se convierte en una vereda que conduce hacia la auto-destrucción. No debemos ser como las personas en Jerusalén, quienes aclamaron a Cristo como su rey, siempre y cuando él se ajustara a la imagen que ellos tenían de cómo debería ser un rey. Más bien, vamos a reconocerlo verdaderamente como nuestro Rey, nuestro Señor, nuestro Soberano, y recibir de su mano cualquier cosa que él decrete.